Fosfenos

Los patrones rojizos, esas líneas y puntos borrosos que ves flotando cuando cerrás los ojos, se llaman fosfenos. Es como vivir en el intervalo, entre el momento que expira y el que comienza. Te dirán que se debe a una sobreestimulación de la retina pero, en realidad, nadie sabe qué los provoca ni para qué carajo sirven.

 Mi abuelo los consideraba el cine de los prisioneros, una especie de película animada interminable sin argumento, que según BlackRock, a esta altura, nadie necesita. Esas fueron las únicas películas que me acompañaron durante mi forzosa estadía en Londres, en marzo de 2020. Aparecían en los trenes desolados, en el hotel “not in service”, hasta en las avenidas vacías que podía cruzar con los ojos cerrados. Un duelo que se prolongó cuarenta días atrapado en un silencio infernal.

El universo me regaló una pausa, un espacio sagrado. Sólo en esa condición, lográs comprender que la muerte se trata de culpa y remordimiento. De hecho, la conexión entre el amor y la muerte, además de innegable, es inevitable. En algunas culturas no está permitido llorar porque, supuestamente, confunde a los muertos. Desprenderse de las cosas que perdimos es lo que más cuesta, y del recuerdo de la felicidad, más aún, porque nunca la tuvimos, o al menos nunca fue nuestra.

Aquello que amás se mueve a una velocidad diferente, desaparece, hace eco y se repite. Sí, mágicamente, se puede repetir. Fue así como, esa tarde, reconocí esa mirada. Era la misma expresión, eran los mismos gestos, era la misma forma de caminar, como si hubiera traspasado un portal con un cuarto de siglo de diferencia. Datos que se recopilan, fotos que sacaste, mensajes que se envían, números que agendaste, canciones que se comparten, camas que visitaste. ¿Dónde guardamos nuestra capacidad de emocionarnos? ¿Son voces o silencios? Solos o acompañados, siempre están ahí, esperándonos. Como dijo Kierkegaard: “La vida sólo se puede entender hacia atrás; pero se debe vivir hacia adelante”.

Lic. Hugo Gutiérrez