¿La Vuelta De Oasis Como Punto De Partida o De Llegada?

Prólogo

Hace poco más de un mes de iniciado este artículo la escena musical se ha visto sacudida con una noticia, que si bien a muchos no les ha sorprendido, causó impacto en una parte importante de una generación que esperaba ávida por esa confirmación. Más precisamente a 30 años de su memorable debut discográfico, la banda británica Oasis anunciaba de manera oficial en sus redes que retornaría a los escenarios luego de 15 años desde su separación, o mejor dicho, de la ruptura entre sus dos miembros “estables” y fundadores, los hermanos Noel y Liam Gallagher.

Más allá de lo que significó Oasis como banda que no es tampoco la temática en la que pretende profundizar el artículo, ya que más allá de gustos o preferencias, sin dudas marcó un quiebre en el mapa rock de la segunda mitad de los ’90 y consolidando incluso un movimiento con identidad propia como el brit pop junto a bandas como Blur (con la cual generaron una “rivalidad” que ameritaría casi que un artículo aparte) siendo iconos indiscutidos de la popular Movida Manchesteriana.

Resulta más medular y trascendente para este análisis entender los motivos que cimentaron esa popularidad o incluso los pilares argumentativos en los que se sostuvo su relevancia artística y musical, y aún es más menester redoblar la apuesta y abordar los posibles factores que explican la trascendencia y la implicancia de la noticia de su regreso, haciendo que el impacto de la misma deba ser visto tal vez como la punta del iceberg de un fenómeno múltiple de varias aristas, por lo que, es conveniente ir por partes…

  • Oasis; la Movida Manchesteriana y el rock alternativo en el contexto de la posmodernidad.

En anteriores artículos para dicho medio, ya he mencionado a la posmodernidad como concepto y casi como paradigma, por lo cual sin ánimo de ser repetitivo no pretendo explayarme en dicha cuestión, pero sí creo atinado tomar una vez más como posible referencia a dicho concepto desde un marco teórico que puede explicar muchas cosas. Como ya sabemos, la posmodernidad como tal implica una ruptura con la modernidad y su inminente fracaso (o al menos vista así en ese momento) desde una visión nihilista, desencantada y casi melancólica, aunque esto último suene contradictorio respecto a retomar algunas cosas buenas de ese pasado trunco en el escenario de “lo que pudo ser pero no fue”, esa angustia de la imposibilidad constante pero a su vez con ánimo de plantear una renovación, aunque sin modificar completamente ciertas estructuras y hasta incluso muchas veces amparándose en ellas, pues en esa dicotomía permanente transitó la posmodernidad no sólo en lo musical sino en casi todos los ámbitos artísticos y culturales a mitad de camino entre la cultura oficial y la contracultura, sobre todo promediando la misma, durante los fluctuantes 80’s y los agitados 90’s.

El autor Gilles Lipovetsky, quien ha investigado y realizado grandes aportes respecto al estudio de posmodernidad y su influencia como paradigma cultural, ha afirmado en una de sus obras que “Nuestra época presencia un amplio movimiento de revitalización de las coordenadas del pasado”. Sin dudas esta frase resulta elocuente y ayuda a entender una serie de factores y tendencias que suceden incluso en la mera vorágine líquida y existencial que atravesamos, donde pocas cosas parecen ser permanentes o poseer un carácter de durabilidad o prolongación excepto la recurrencia al pasado, la cual parece funcionar como una suerte de cinturón de seguridad que nos aproxima a ciertos niveles de certezas en el abismo de las incertidumbres, sobre todo a la generación +35 que atravesó de forma más directa y traumática esa transición.

Pues siguiendo en ese camino, si analizamos a Oasis desde lo estrictamente musical sin entrar en finos tecnicismos, coincidimos en que su sonido sobre todo en sus primeros discos representa un variado coctel que deambula entre el brit pop primitivo conformado por bandas como Stone Roses o Happy Mondays (aunque Blur se vio aún mucho más influenciado por dicha corriente), por momentos el punk clásico londinense, sobre todo en una suerte de sofisticación del sonido crudo de los Pistols, pero también y por sobre todas las cosas en el estilo costumbrista beatle, llegando a ser considerados aunque parezca un poco aventurado como los Fab Four de los ’90, influencia notoria no sólo desde lo musical sino desde estético. La lista podría seguir, pero la finalidad de este ejercicio es entender que Oasis es el resultado de la conjunción de una serie de estilos y vanguardias con las cuales el contexto del cual formaban parte implícitamente quería romper. ¿Es esto una contradicción? Sí y no, o tal vez no sea apropiado medirlo de esa forma sino desde la coyuntura que aplica a la posmodernidad a la cual se hacía referencia previamente. Probablemente ese coctel variado pero no casual sea la explicación de su masivo éxito y su mayor virtud. Transitar la delgada y peligrosa línea entre la influencia, la inspiración, el plagio y la copia burda, ha sido uno de los mayores desafíos para las bandas a partir de los ’80 y ’90, y Oasis sobre todo más allá de posibles matices, ha sorteado ese obstáculo de gran manera, repito, sobre todo en sus primeros dos o lo sumo tres discos. Tal vez cuando quisieron adueñarse de un estilo más propio es cuando empezó su posible descenso en lo musical al volverse un tanto repetitivos o predecibles, lo que implicaría que ese coctel inicial podía ser más original de lo que muchos pensaban, incluso ellos mismos, pero eso ya queda para otros terrenos subjetivos del debate.

En conclusión, si el posmodernismo sugiere la ratificación del fracaso de la modernidad en cuanto a sus ideales fundados en la razón como elemento esencial del progreso técnico y la autonomía del arte como herramienta transformadora, deslegitimando incluso sus bases y sus procedimientos, desde lo estrictamente musical su amparo más inmediato de esa ruptura tal vez con el ánimo de amortiguar ciertos traumas fue la búsqueda de apertura a un amplio espectro de tendencias estéticas basadas en vanguardias y estilos ya consolidados, generando como resultado de esa búsqueda cierta diversificación basada en el grafismo, la gestualidad o la postura, pero a su vez reproduciendo un parámetro de uniformidad asentada en la idea de retorno. Es decir, la recurrente e inevitable vuelta al pasado, hecho que generó luego al consolidarse esto como idea una serie de conductas y tendencias no del todo saludables para el rock ni para la música en general, tema ya profundizado en artículos previos.

Oasis lideró y fue icono en cierta forma de esa coyuntura plagada de contradicción y dilema entre el pasado y el deseo futurista de ruptura y sorteó en gran medida con éxito dichos escollos, pero tal vez su propia incapacidad de sostener su propuesta como un producto creíble y honesto fue la razón de cierta involución, sin mencionar los excesivos desmanes entre ambos hermanos, lo que en algún momento pudo haber jugado a favor desde el terreno de la inmediatez vacua e inocua pero respaldada mientras pudieron -al igual que otra bandas de su generación- por la propuesta musical.

Casual o no, la ruptura de la banda más allá de elementos internos se da en plena etapa de re estructuración de la industria musical, lo que significó el fin de una era y el inicio de la decadencia para muchos o una renovación del lenguaje musical y comunicacional, si lo vemos con una visión más benevolente, que reniega implícitamente de lo clásico pero recibe paradójicamente con gran entusiasmo y aforo ciertas vueltas y retornos del pasado, asumiendo la cualidad más significativa de la posmodernidad; la recurrencia.

  • El “regreso” como letargo de la agonía y placebo de la angustia existencial.

Como ya hemos visto, la fórmula del regreso de parte de grandes bandas o solistas ha sido y es una receta difícil de superar y garantizadora de éxito, o sea que en ese sentido, la vuelta de la banda británica no debería de sorprendernos demasiado y más al ponernos al tanto de algunos pormenores que no vienen al caso ahora. Sin embargo, hay algo que sí debe al menos empezar a resultarnos llamativo, que es el hecho de lo que conlleva esa tendencia. Si bien nadie en su sano juicio se opone ni ve con malos ojos al regreso de bandas icónicas como este caso, incluso el solo imaginar un eventual regreso de grupos como Pink Floyd o Zeppelin aún nos seduce a todos los que entendemos de qué se trata esto, a sabiendas de lo utópico que ello resulta. Sin embargo debe existir al menos una crítica de que no puede ser nuestra única salida o la vía de entendimiento más cercana con la música, el hecho de anhelar o conmoverse solamente ante sucesos como éste. Esa zona de confort o ese salvavidas que mencionábamos como parte intrínseca de la posmodernidad, no debe ser un paralizador de quienes consumimos y vivimos la música de manera plena y vital, porque justamente la vitalidad consiste en la renovación sistemática y en la equilibrada transición entre lo nuevo y lo clásico sin que eso signifique anclarse a lo primero que uno escuche. Si bien uno ha expresado en reiteradas ocasiones que la música y la cultura desde un tiempo a esta parte han experimentado un notorio declive, existen propuestas alternativas valiosas que deben ser al menos ser tenidas en cuenta para no ser cómplices o testigos inactivos de dicho declive y que el regreso de una banda icónica como en este caso Oasis, no sea el último rollo de esta cinta sino una pieza más de la misma.

A colación de esto, algunos miembros de la banda escocesa Fontaines D.C., probablemente una de las más promisorias de la nueva generación, en una entrevista reciente para la revista RS se mostraron totalmente escépticos y distantes respecto al regreso de Oasis con declaraciones elocuentes como “Me importa una mierda, para ser honesto”… “A mí tampoco me entusiasma, la verdad. Me da la sensación de que nos quedamos atrapados en una época, como en los 2010s, y en algo tan nostálgico que nos olvidamos de hacer cosas nuevas”.

Si bien estas declaraciones pueden quedar para el anecdotario más colorido, pueden ser tomadas también un poco más allá de eso y adquirir un grado de complejidad semántica cuya decodificación nos sirva como elemento de análisis e incluso disparador de posibles nuevos tópicos. Si bien la respuesta inmediata de Oasis fue fiel a su estilo y de algún modo jugaron el juego que más les gusta jugar aludiendo a una chicana despectiva del estilo de “Tengo un vestuarista para recomendarles”, hay un mensaje en esas palabras de la banda irlandesa que incluso fue uno de los motivadores de este artículo. ¿No debemos tomar esa declaración como un anhelo de una generación de artistas en crecimiento que desea justamente romper un poco con esa lógica de la recurrencia sistemática?

El claro mensaje de los irlandeses no sólo que expone una falencia y una disconformidad sino que además nos interpela en nuestro rol, ya sea de simples consumidores de música, comunicadores, críticos o incluso los propios músicos que pueden ser claves en esta transición, optando entre asumir el desafío de aportar desde la creación o repetir la tendencia iconoclasta siendo meros replicantes de lo ya hecho.

Fontaines D.C. expone y denuncia con esas palabras una urgencia válida y digna de ser considerada. Existen propuestas alternativas recientes que pujan por un lugar como en su momento le sucedió a las bandas clásicas, pues, ¿cuándo se dará el espacio temporal y contextual para que eso suceda, sin que implique dejar totalmente atrás ese pasado que tanto nos ata y nos conmueve (y me incluyo)? Tal vez, debemos asumir que una parte del público más joven ya ha empezado ese camino, y no me refiero únicamente a las tendencias apabullantes y nocivamente acaparadoras del maisntream cuasi dictatorial de los llamados “géneros urbanos”, sino dentro del amplio espectro del rock, donde se percibe una alentadora gestación de una movida saludable y fértil a la que la generación post 35 no deberíamos seguir dándole la espalda, o mejor dicho desoírla. Uruguay es un claro ejemplo de eso, pero profundizar más en esa temática sería motivo para un ensayo aparte.

  • El fenómeno de la “retromanía” como ejercicio de objetivación.

El autor Simon Reynolds, uno de los críticos de arte y música más lúcidos de su generación, acuñó un término muy atinado para definir esta época y los códigos que representa; “Retromanía”, el cual alude a la sobreabundancia de influencias e imágenes vinculadas al pasado de un modo casi obsesivo y, por qué no, obsecuente, donde se genera esa especie de dilema maniqueo donde debemos escoger entre la recurrencia permanente y anclada o el vacío que propone e impone la cultura hegemónica con alternativas poco atractivas que ubican a la música en su fase más lucrativa y desesperanzadora.

Pues escoger por la primera nos pone en un rol de archivólogos o meros consumidores de contenidos que reproducen y alimentan esa retromanía (biopics, retornos, documentales, re ediciones, compilaciones o tributos) ubicándonos en una lógica profana donde nos volvemos espectadores y dependientes de nuestra propia repetición de forma cuasi autómata. Según Reynolds, nunca una sociedad estuvo tan obsesionada con elementos culturales de su pasado inmediato como la nuestra, y si bien el desencanto de una generación como la X explica en parte esa conducta, es hora tal vez de asumir con una postura más crítica la naturalización de esa tendencia o dejar al desamparo la originalidad, lo que implicaría una sentencia de muerte a la posibilidad de proyectar una idea basada en la aplicación de recursos y exploración de territorios sonoros desconocidos o renovadores. Amputar de plano esa posibilidad no sólo reniega de forma esencial al arte en su rol sino que además profundiza el abismo en el que se encuentra.

  • Conclusiones de este humilde servidor.

Debe quedar en claro que el espíritu del artículo en ningún momento ha sido el de cuestionar la relevancia del regreso ni la trascendencia de Oasis como banda, ni menos poner en duda su calidad musical ni su legado artístico, sino ubicarlo en su contexto como acostumbra esta columna. No debe ser motivo de discusión el hecho de su retorno en sí, sino lo que se genera o los factores que acarrean el hecho, tanto a nivel de causas como consecuencias.

Las bandas emblemáticas que han experimentado separaciones más o menos traumáticas han entendido perfectamente las reglas del juego y todas o casi todas han jugado el pleno del retorno, algunas con mayor éxito que otras y en algunos casos, la magnitud fue tal que derivó en regreso definitivo.

La noción posmoderna en la cual se basó gran parte de este análisis representa una serie de valores y posturas que no son producto únicamente de acciones deliberadas o espontáneas, sino que sintetizan un estado general de circunstancias al cual pertenecemos, que condiciona la reacción y la forma en que reproducimos y actuamos como generación.

Sin dudas la tendencia al deja vu constante, a la recurrencia al pasado impreciso, es una cualidad que define al ser posmoderno en su búsqueda de certezas en un mar de incertezas, ratificando deseos y costumbres aún no resueltas o simplemente llenando vacíos que la propia maquinaria posmo le posibilita llenar.

El regreso de Oasis no es producto de la mera satisfacción vocacional de volver y el espectador lo sabe, sin embargo, la gira igual garantiza un lleno total porque la propuesta en sí parece ser un combo demasiado atractivo para ser esquivo, banda icónica que resurge como el ave fénix y deja atrás sus propios fantasmas; lazos de sangre, estirpe rock pero también show, peleas, reconciliación y hasta redención en nombre del rock o vaya a saber uno de qué, pero todo cuaja.

Sin embargo queda planteada una vez más la semilla de la duda, la base de la crítica en clave de futuro incierto…Será definitivamente esta la forma en la que asumiremos la música? ¿Cuándo se dará el oportuno y lógico espacio para la ruptura? ¿La vanguardia se rinde y le deja su lugar al vacío? ¿Es el rol de Oasis o de cualquier histórico que se proponga volver llenar ese vacío? ¿La lógica revival debe ser la excepción o la regla?

La relación irracional que prevalece entre mito y música donde el tiempo parece ser una dimensión suprimida, confronta al hombre de algún modo como testigo circunstancial de su creación y proyección en el marco de un colectivo. Es decir, si la esencia profunda del mito y de la música reside en su estructura atemporal, el acercamiento de ambas formas puede prescindir de su creador, lo que puede ser un elemento a favor o en contra dependiendo como ese colectivo asimile esa información y ese acervo. Ecuación que pone a la música en una lugar de expresión colectiva donde la creación sobrepasa al artista y pasa a ser, al igual que el mito, una entidad con luz propia. Tal vez eso explique el romance de la nostalgia eterna desde la apropiación y el aferramiento, pues el regreso es apenas un punto de referencia anecdótico en un espacio indefinido, y únicamente ese paradigma pueda cambiar cuando aprendamos un poco a desapegarnos de ciertos márgenes de lo incondicional. Tal vez esto arroja la idea de que el autor es un mero portador y el aferramiento del receptor colectivo sea probablemente a la música más que al propio artista, o peor aún, a la idea o el imaginario que esa música representó alguna vez.

Gonzalo Guido


Referencias bibliográficas:

La pantalla global: cultura mediática y cine en la era hipermoderna: https://dialnet.unirioja.es/servlet/libro?codigo=376175

Gilles Lipovetsky: https://dialnet.unirioja.es/servlet/autor?codigo=118784

Jean Serroy: https://dialnet.unirioja.es/servlet/autor?codigo=2477119

Antonio-Prometeo Moya: https://es.rollingstone.com/etiqueta/fontaines-d-c/

Retromanía: La adicción del pop a su propio pasado, Reynolds Simon, Ed. Caja negra, 2012.