Tobogán

“El periodismo musical consiste en gente que no sabe escribir, entrevistando a gente que no sabe hablar, para gente que no sabe leer”. Zappa hizo este comentario, en 1977, durante una entrevista con un redactor del periódico Toronto Star. Años después de esa lapidaria frase, la crítica musical comenzó un proceso de paulatina extinción. Actualmente, los únicos géneros periodísticos que se practican son la crítica y la entrevista. Prácticamente ha desaparecido la crónica y el artículo de investigación se transformó en un catálogo promocional discográfico, en un momento en donde los nuevos soportes tecnológicos han cambiado radicalmente el consumo musical junto a su calidad de sonido. Las sucesivas generaciones de nativos digitales (aquellos nacidos entre las nuevas tecnologías) no demandan ni siquiera los créditos de la música popular contemporánea, mucho menos una crítica.

El periodismo musical, ante este panorama poco alentador, está condenada a convertirse en un anacronismo. Es un oficio que tiene sus raíces en un mundo analógico que no encuentra su lugar en la Era digital, en donde prima la canción desechable. La música desideologizada ya no tiene necesidad de crítica. El público se divide en minorías que, en el mejor de los casos, mantendrán su rebeldía juvenil e independiente, hasta que la sociedad actual, homogenizada y esterilizada por el pensamiento único, los convierta en adultos.

La música popular actual ha sido devorada por la tendencia porque es incapaz de crearla. Todos los intentos se encaminan en lograr audiencia, no público. El sistema económico imperante ha decidido que la cultura debe transformarse en entretenimiento para las masas. En ese marco, la música popular ha sucumbido ante el poder mercantil. No ha podido desarrollarse como un arte creativo más, algo que nadie discute del cine o la literatura, las cuales siguen necesitadas del ojo crítico para sobrevivir y lograr proyectarse en el “competitivo” mercado cultural. La música popular no, sistemáticamente se le niega la capacidad de desarrollar un criterio con el que pueda valorarse. De eso, se encargó la industria discográfica multinacional, en donde sólo se preocupó en dominar los medios de comunicación, convirtiéndolos en simples vehículos de propaganda para desarrollar la música como un producto de consumo más, jamás atendió sus contenidos, nunca la consideró cultura.

El espíritu crítico se mantiene apagado por una generación, prematuramente envejecida, que dirige actualmente los medios de comunicación, empresarios de corte “progresista” que no tienen inconveniente en claudicar ante los actuales movimientos hegemónicos globalistas y conceder todo su crédito a la industria que sigue, en su agonía, creando estrellas que no superan el más mínimo control de calidad. La autocrítica convirtió al periodista musical en una paradoja de si mismo. En la mayoría de los casos, los egos son tan grandes que el victimismo ya es un refugio suficiente.

El crítico profesional se ha rendido a los pies de la industria y ésta ha sabido rentabilizar su sumisión. Cuando la industria discográfica mantenía su status y logró convertirlo en satélite promocional a su servicio, un cierto corporativismo se manifestó a la defensiva y desvió la atención hacia otro lado. Desarrollar la crítica musical en una prensa no subvencionada, mínimamente profesional, sigue siendo algo limitado a escasos medios alternativos en los que podamos encontrar periodistas capaces de investigar sobre el hecho musical y sus circunstancias, despertando la curiosidad del lector.

Quizás sean esas las funciones de la crítica musical en nuestro tiempo. Algo que es imposible lograr debido a una concentración de la industria cultural en pocas manos. Son los dedos de esas tiernas manos los que publican sin tapujos, en los suplementos dominicales, las fotos promocionales de sus artistas fabricados en oficinas, los mismos dedos que pautan sus canciones, hasta el hartazgo, en las prostituidas radiofórmulas convencionales.

Lic. Hugo Gutiérrez