HISTORIAS, ANÉCDOTAS Y ENTREVISTAS DE HUGO GUTIÉRREZ, BATERISTA DE LA HISTÓRICA BANDA URUGUAYA DE PUNK ROCK, LA SANGRE DE VERÓNIKA

Aquellos que presenciaron la actuación de Leo Antúnez en el Parque Harriague (Salto, febrero de 1971) no dudan en denominarlo “el primer punk uruguayo” en pleno apogeo hippie. Al igual que sus contemporáneos catalanes Pau Riba y Oriol Tramvia, el carácter virulento de sus shows rompía los esquemas de la época. Lejos de buscar la manera de escuchar cumbia sin que genere culpa, lejos de las plataformas de streaming, lejos de reediciones esnobistas, aquí va una tímida pincelada del primer Woodstock criollo.

Algunas veces un cruce de miradas puede llegar a detener una hermosa canción. Bueno, al menos en mi cabeza ocurre. Vaya uno a saber por qué motivo la melodía sigue sonando pero, como por arte de magia, mi lóbulo temporal queda anestesiado y la deja de percibir. No suele pasarme con frecuencia, de hecho, es muy difícil que algo me desconcentre al disfrutar de una buena combinación de notas, pero cuando ocurre, estaré condenado de por vida a recordar el momento exacto del verso en donde mi cerebro se bloqueó. Increíblemente, nunca más volveré a registrar el final del tema. La representación de esos ojos, mantenidos en el tiempo, seguirán acaparando toda mi atención.

En una gélida Bariloche, Enrique Symns brindaba un taller literario, en la primera clase, ante unos veinte participantes, “El Duende Australiano” preguntó cuál había sido el peor invento de la humanidad. Alguien levantó la mano y dijo: “La bomba atómica”. Otro se inclinó por las armas biológicas. De esa manera, se sucedieron diversas posturas. Finalmente, Symns manifestó: “Están todos equivocados. El peor invento fue la imprenta”. Un alumno, entonces, le recriminó: “Pero usted, que es escritor, ¿dice eso?”. Y Symns, con petaca en mano, le contestó: “Sí, ¿sabés por qué? Porque el primer libro que se elaboró con la imprenta fue la Biblia, y con eso le envenenaron la cabeza a la humanidad entera durante dos mil años”.

Hace unos años, al dar vuelta una esquina de Villa Dolores, me encontré con un veterano desaliñado, boletos en mano, gritando: “Se viene el fin, se viene el fin”. Resultó ser Don Julián, quien había construido un arca en el techo de su casa y estaba vendiendo los pasajes a transeúntes devotos del apocalipsis.

Cuando me pidieron que escribiera un artículo sobre la figura del “Gallego” Dominguín enseguida me di cuenta que al hacerlo me sumergiría en mi infancia; más aún, sería como hacer un repaso de mi vida. ¿Con cuántas personas te puede ocurrir algo así?

ABRIL 1949- Se publica la fábula totalitaria del autor inglés George Orwell, considerada una advertencia después de años de meditar sobre las amenazas gemelas del Nazismo y Estalinismo. La distopía escalofriante que narra “1984” causó una profunda impresión en los lectores y sus ideas marcaron a fuego la cultura popular como pocos libros lo han hecho. El título y muchos de sus conceptos como “El Gran Hermano” y “La Policía del Pensamiento” son reconocidos y entendidos instantáneamente a menudo como sinónimo de abusos sociopolíticos modernos.

En mi condición de varado en Inglaterra, durante un estricto lockdown británico, me subí a un tren con destino a Macclesfield (ciudad inglesa ubicada 240 kilómetros al norte de Londres, Condado de Cheshire). Tenía una deuda pendiente: visitar la casa en donde Ian Curtis, en 1980, decidió ponerle fin a su vida.

Pertenezco a la generación en donde las medias tenían que ser azules y la palabra ROCK significaba otra cosa. Crecí frente a la pantalla de Videoclips, programa de Alfonso Carbone por Canal 5 (mezcla de Wikipedia con Youtube, 20 años antes). Semana a semana, entre presentaciones de bandas locales, se emitían los videos de las canciones que forman parte de las 5 ensaladas “Videoclips” (producidas por Carbone con diseño gráfico de Rodolfo Fuentes), muy valoradas por los disc-jockeys de la época.

Combat Rock (1982) le dio a The Clash el éxito comercial en Estados Unidos que sus admiradores creían que merecían y que los críticos esperaban de ellos desde que su histórico álbum London Calling se proclamó universalmente como el último gran disco de los años ’70 (dependiendo de qué lado del Atlántico estuvieras, también podría haber sido el primer gran disco de los años ’80). Los primeros dos singles de Combat Rock, el funky new-wave boogie “Rock the Casbah” y el prolijo power pop “Should I Stay or Should I Go”, tuvieron un rendimiento excepcional, obteniendo mucha rotación en MTV, una presentación en Saturday Night Live, y un concierto como soporte de la gira de regreso de The Who (1982) en varios estadios de USA.